Un yanqui en la corte del rey Arturo

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para mantenerse medio alimentado; sus constantes esfuerzos atrajeron finalmente la atención de un bondadoso herrero, que le dio un susto de muerte al tener la amabilidad de ofrecerle, a pesar de su falta de preparación, la oportunidad de ser su aprendiz durante nueve años, y que le proporcionó alojamiento, vestiduras y le enseñó el oficio o «el misterio», como lo llamaba Dowley. Ése fue su primer gran ascenso, un magnífico golpe de suerte, y era patente que aún no podía hablar de ello sin que le produjese una especie de fascinada admiración, y un gran deleite por el hecho de que un hombre corriente hubiese conseguido encumbrarse de tal manera. Durante su aprendizaje no recibió nuevos vestidos, pero el día de su graduación su jefe le regaló una túnica de estopa totalmente nueva que le hizo sentirse indescriptiblemente rico y refinado.

-Recuerdo ese día -interrumpió el carretero con entusiasmo.

-¡Yo también! -dijo a grandes voces el albañil-. No podía creer que esas ropas te perteneciesen; a fe que no podía. -¡Tampoco los demás! -exclamó Dowley con ojos brillantes-. Estuve a punto de perder mi honra, ya que los vecinos podían pensar que las había robado. Fue un día grandioso, grandioso, uno de esos días que no se olvidan nunca.


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