Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Entonces se detuvo. Se produjo un terrible silencio. Nadie movió ni un músculo. Parecía como si ni siquiera respirasen.
-¿Eso es todo? -pregunté en un tono de voz perfectamente calmo.
-Todo, señor, salvo que ciertos artículos de poca monta están incluidos dentro de la misma denominación genérica. Pero si es vuestro deseo saber...
-Carece de importancia -dije, acompañando mis palabras con un gesto que denotaba la más profunda indiferencia-; dame la suma total, por favor.
El dependiente trató de mantenerla compostura apoyándose en el árbol y dijo:
-Treinta y ocho mil cien milréis.
El carretero se cayó de su taburete; los demás se sujetaron a la mesa para no correr la misma suerte y se oyó una profunda exclamación general:
-¡Que Dios nos asista en el día del desastre! El dependiente se apresuró a decir:
-Mi padre me ha encargado que os haga saber que, honestamente, no espera que le paguéis todo de una vez, por lo que sólo os suplica...
Le presté la misma atención que hubiera dedicado a una ligera brisa y, con un aire tan indiferente que rozaba la desgana, saqué mi dinero y coloqué cuatro dólares sobre la mesa. ¡Con qué cara se quedaron mirando!