Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo El dependiente estaba tan atónito como encantado. Me pidió que retuviera uno de los dólares como depósito hasta que pudiera ir a la ciudad y... Le interrumpí:
-¡Cómo! ¿Para devolverme nueve centavos? Tonterías. Llévatelo todo y quédate con el cambio.
Pudo percibirse un murmullo de estupor que equivalía a algo así:
-¡Verdaderamente, este hombre está forrado de dinero! Lo tira como si fuera basura.
El herrero estaba totalmente abatido.
El dependiente cogió su dinero y desapareció borracho de felicidad. Les dije a Marco y a su mujer:
-Buena gente, este pequeño detalle es para vosotros -y extendí las pistolas de aire comprimido, como si no tuviesen la menor importancia, a pesar de que cada una contenía quince centavos en metálico; y mientras las pobres criaturas se debatían entre el aturdimiento y la gratitud, me volví hacia los otros y les dije con la tranquilidad de quien pregunta la hora:
-Espero que todos estemos listos, porque la cena lo está. Manos a la obra.