Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo ¡Ah! Fue sencillamente perfecto. Nunca he preparado mejor la situación ni he sacado un partido tan espectacular de los materiales existentes. En fin; el herrero estaba totalmente apabullado. ¡Cielos! No me hubiera gustado estar en su pellejo por nada de este mundo. Había fanfarroneado y se había jactado del gran festín de carne que organizaba dos veces al año, de que comía carne fresca dos veces al mes, carne salada dos veces por semana y pan blanco todos los domingos del año, para una familia de tres personas, por un importe anual que no superaría los sesenta y nueve centavos, dos décimos de centavo y seis milréis, cuando de repente aparece un hombre que desembolsa de golpe cuatro dólares y al que además parece fastidiarle tener que andar con cantidades tan despreciables. Sí; Dowley parecía bastante contrariado, encogido y postrado. Tenía un aspecto semejante al de un balón de goma tras ser pisoteado por una vaca.