Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Sea como fuere, hice un esfuerzo por ponerlo de mi parte y, antes de que hubiésemos consumido una tercera parte de la comida, había logrado contentarlo de nuevo. No era una tarea dificil en un país organizado en categorías y castas. Lo que pasa en un país con semejante organización es que el hombre nunca llega a ser hombre, lo es tan sólo en parte, no se desarrolla del todo. Le demuestras a un hombre que eres superior a él por tu situación social, linaje o fortuna, y se rinde a tus pies. Después de eso, ya no podrás insultarlo. No, no es eso exactamente lo que quería decir; por supuesto que puedes insultarlo; pero quería señalar que es dificil, de modo que, a no ser que dispongas de mucho tiempo ocioso, no vale la pena intentarlo. Ahora contaba con el respeto incondicional del herrero, pues aparentemente yo era inmensamente afortunado y rico. Y hubiese conseguido su adoración de haber estado en posesión de cualquier titulillo nobiliario. No sólo la suya, sino la de cualquier habitante del país aunque él fuese el mayor portento que habían conocido los siglos en cuanto a inteligencia, carácter y valores personales, y yo fuese una verdadera ruina a todos esos niveles. Pero las cosas serían así mientras Inglaterra existiese sobre la faz de la tierra. Imbuido del espíritu de la profecía, podía adentrarme en el futuro y ver cómo este país erigiría estatuas y monumentos a sus execrables Jorges y a una serie de nobles allegados a la corte y no rendiría honores a quienes, después de Dios, han creado este mundo: Gutenberg, Watt, Arkwright, Whitney, Morse, Stephenson, Bell.


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