Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo El rey dio buena cuenta de sus raciones y luego, como la conversación no abordaba conquistas o temibles duelos, fue adormeciéndose hasta que por fin se retiró a echar una cabezada. La señora Marco despejó la mesa, situó el barril de cerveza de tal forma que lo tuviéramos a mano y se fue a cenar las sobras en humilde intimidad; el resto de nosotros pronto estuvimos enfrascados en aquellos asuntos que más atañen a la gente de nuestra condición: negocios y salarios, por supuesto. A primera vista, aquel pequeño reino tributario, cuyo soberano era el rey Bagdemagus, parecía increíblemente próspero en comparación con mi propia región. Aquí el «proteccionismo» estaba totalmente arraigado, mientras que nosotros avanzábamos poco a poco hacia el mercado libre, y ya nos encontrábamos a mitad de camino. Al poco rato, Dowley y yo llevábamos la conversación, mientras los demás escuchaban con avidez. Dowley se fue entusiasmando a medida que hablábamos, creyó percibir que se encontraba en una situación ventajosa, y empezó a hacerme preguntas que pensó me parecerían extrañas y que, en efecto, lo eran.
-Hermano, ¿cuál es en vuestro país el salario de un administrador de tierras, de un carretero, un pastor o un porquero?
-Veinticinco milréis al día, o lo que es lo mismo, un cuarto de centavo.
La cara del herrero se iluminó de alegría. Dijo: