Un yanqui en la corte del rey Arturo

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-¡Aquí cobra el doble! ¿Y cuál es el sueldo de un mecánico, de un carpintero, de un pintor de brocha gorda, de un albañil, de un herrero, de un constructor de ruedas o cualquier otro oficio similar?

-Unos cincuenta milréis por término medio, la mitad de un centavo al día.

-¡Ja, ja! Aquí cobran cien. Entre nosotros un buen mecánico cobra un centavo al día. A excepción del sastre, los demás cobran un centavo al día y en las épocas de prosperidad incluso más. Hasta ciento diez y ciento quince milréis diarios. Yo mismo he llegado a pagar los ciento quince diarios. ¡Hurra por el proteccionismo y al diablo el libre mercado!

Y su rostro brilló en medio de la compañía como un rayo de sol entre las nubes. Pero no por ello me amedrenté. Preparé mi contundente martillo, por así decir, y me concedí un plazo de quince minutos para hundirlo en la tierra, hundirlo por completo, hasta que no sobresaliese ni la curva de su cráneo. Comencé por preguntarle:

-¿Cuánto pagáis por una libra de sal?

-Cien milréis.

-Nosotros pagamos cuarenta. ¿Cuánto os cuesta la ternera y el cordero, si es que lo compráis?.

Fue un golpe certero que hizo que se ruborizase ligeramente.


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