Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -Pero casi seguro que nunca se le ocurre pedirles ayuda a esos pobres diablos a la hora de fijar sus sueldos, ¿verdad? -¡Pues sí que estaríamos buenos! Comprenderás que es al amo a quien le concierne el asunto, pues es él quien paga. -Sí, pero tengo la impresión de que el trabajador también tiene algo que decir sobre este asunto; incluso su mujer y sus niños, pobres criaturas. Los amos suelen ser los nobles, los ricos en general, aquellos a quienes les van bien las cosas. Y son estos pocos que no trabajan los que determinan los salarios de ese vasto enjambre de trabajadores. ¿No te das cuenta? Es como una «confabulación», un sindicato, por acuñar una nueva palabra, que se alían entre sí para obligar a su hermano de humilde condición a aceptar lo que ellos deciden ofrecer. Dentro de trescientos años, así lo estipulan las leyes no escritas, la «confabulación» se formará en el otro bando, y serán los descendientes de los amos quienes echen pestes, rabien y rechinen sus dientes contra la insolente tiranía de los nuevos sindicatos. Y por supuesto que los jueces seguirán fijando tranquilamente los salarios hasta el siglo XIX, pero entonces, de repente, el asalariado llegará a la conclusión de que con dos mil años de unilateralidad ha tenido suficiente, se rebelará y hará valer su opinión a la hora de fijar su sueldo. ¡Ah, y se encargará de ajustar las cuentas por la larga serie de injurias y humillaciones sufridas!