Un yanqui en la corte del rey Arturo

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-¿Creéis de verdad que...?

-¿Que se tendrá en cuenta su opinión a la hora de fijar su sueldo? Sí, claro que sí. Para entonces él estará totalmente capacitado.

-En verdad que serán unos tiempos increíbles -comentó despectivamente el próspero herrero.

-Ah y se me olvidaba otro detalle. En esa época el amo podrá solicitar los servicios de una persona por un solo día, una semana o un mes si así lo desea.

-¿Qué?

-Así es. Y lo que es más, el juez no podrá obligar a un hombre a trabajar para un determinado amo un año entero, seguido, en contra de su voluntad.

-¿Pero es que no habrá ley ni sentido común en ese entonces?

-Habrá ambas cosas, Dowley. En ese día un hombre será dueño de sí mismo, no pertenecerá ni al amo ni al juez. ¡Y será libre de abandonar una ciudad cuando le apetezca si los salarios no le convencen! Y nadie podrá ponerle por ello en la picota.

-¡Que la perdición se apodere de época semejante! -espetó Dowley lleno de indignación-. ¡Época de perros, desprovista de reverencia hacia los superiores y respeto a la autoridad! La picota...

-Un momento, hermano, deja de alabar tanto a esa institución. A mi juicio, la picota debería ser abolida.

-¡Qué idea tan extraña! ¿Porqué?


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