Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Suelo utilizar ese estilo rimbombante cuando quiero obtener el máximo efecto. Pues bien, resultaba de lo más agradable ver a Lanzarote y a los muchachos abalanzándose sobre el patíbulo y arrojando de la tarima a alguaciles y bichos afines. Y daba gusto ver cómo aquella multitud atónita se ponía de hinojos y suplicaba al rey que les perdonase la vida, sí, a aquel rey a quien insultaban y despreciaban unos minutos antes. Y mientras él se hacía a un lado, cubierto de harapos, para recibir aquel homenaje, me decía a mí mismo: «Vaya, realmente hay algo peculiarmente grandioso en el porte y el continente de un rey, después de todo».
Me sentía inmensamente satisfecho. Considerad la situación en su conjunto y no podréis negar que era uno de los efectos más aparatosos y espectaculares que jamás había conseguido.
Y un momento después apareció Clarence, en carne y hueso, me guiñó un ojo y me dijo en un estilo muy moderno: -¡Menuda sorpresa os habéis llevado!, ¿verdad? Sabía que os iba a chiflar. Tenía a los muchachos practicando en secreto desde hace un buen tiempo, y nos moríamos de ganas por hacer la primera aparición en público.