Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo -¿Cuánto tiempo llevo encerrado en este agujero? -Fuisteis recluido cuando casi terminaba el día de ayer, y ahora son las nueve de la mañana.
-¡Vaya! Entonces he dormido muy bien. ¡Las nueve de la mañana! Pero si parece medianoche. Quiere decir que estamos a veinte, ¿verdad?
-Sí, estamos a veinte.
-Y mañana seré quemado en la hoguera. El muchacho se sobrecogió.
-Así es, a mediodía.
-Muy bien, entonces te explicaré lo que tienes que decir. Hice una pausa y me quedé mirando al acobardado chico durante un minuto entero de terrible silencio. Luego, con voz profunda, mesurada, tenebrosa, comencé a hablar y, atravesando sucesivas etapas dramáticas, fui ascendiendo hasta un clímax colosal, momento en el cual dije con el tono más noble y sublime que jamás había utilizado:
-Anda a ver al rey y dile que a esa hora sumiré al mundo entero en la más profunda oscuridad de la noche. Haré desaparecer el sol y nunca más volverá a brillar. Los frutos de la tierra se perderán por falta de luz y calor, y todos los pobladores de la tierra, hasta el último, morirán de hambre.
Tuve que sacar en brazos al muchacho, pues acababa de sufrir un colapso. Lo entregué a los centinelas y regresé.