Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Naturalmente había pensado tomar el tren a Camelot. ¡El tren! La estación estaba más vacía que una gruta. Proseguí mi camino. El viaje a Camelot fue una repetición de lo que ya había visto. El lunes y el martes no se diferenciaron en nada del domingo. Llegué bien entrada la noche. De ser la ciudad mejor iluminada del reino, la más parecida a un sol yacente que imaginarse pueda, había pasado a convertirse en un borrón, es decir, una mancha en medio de la oscuridad, ya que allí la oscuridad era aún más densa que en el resto de la oscuridad, y precisamente por eso se podía distinguir. Me hizo pensar que podía haber en ello un símbolo, una especie de señal de que la Iglesia iba a mantener su preponderancia y a destruir mi hermosa civilización de un solo plumazo. No encontré ni rastro de actividad en las sombrías calles. Seguí avanzando a tientas con el corazón apesadumbrado. Se vislumbraba el inmenso castillo como una mancha negra en lo alto de la colina. Ni el más mínimo destello de luz se apreciaba en su entorno. El puente levadizo estaba echado, por lo que no tuve mayor dificultad para avanzar por la amplia entrada. El único sonido que se oía era el de mis propias pisadas, y ahora, sobre aquellos vastos y desiertos patios, resultaba verdaderamente un sonido sepulcral.