Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo
Encontré a Clarence solo en sus aposentos, sumido en la melancolía. En lugar de la luz eléctrica había vuelto a colocar un viejo quinqué, y allí sentado, con todas las cortinas corridas, lo envolvía una siniestra penumbra. En cuanto me vio se levantó de un salto y corrió ansiosamente hacia mí, diciendo:
-¡Ah, bien habría dado un billón de milréis por ver de nuevo a una persona viva!
Me había reconocido tan fácilmente como si yo no estuviese disfrazado, algo que me llenó de miedo, no lo dudéis un instante. Le dije:
-Rápido, dime, ¿qué significa este espantoso desastre? ¿Cómo ocurrió?
-Bueno, si la reina Ginebra no existiese, no hubiera sobrevenido tan pronto. Pero hubiese sucedido de cualquier modo. Habría ocurrido por vuestra causa, tarde o temprano, pero la fortuna ha decidido que fuese a causa de la reina.
-¿Y de sir Lanzarote? -Exactamente.
-Cuéntame los detalles.
-Supongo que no negaréis que durante los últimos años sólo un par de ojos no han estado mirando de reojo a la reina y sir Lanzarote...
-Sí, los ojos del rey Arturo.
-... y sólo un corazón no ha albergado sospechas...
