Un yanqui en la corte del rey Arturo

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42. ¡Guerra!

 

Encontré a Clarence solo en sus aposentos, sumido en la melancolía. En lugar de la luz eléctrica había vuelto a colocar un viejo quinqué, y allí sentado, con todas las cortinas corridas, lo envolvía una siniestra penumbra. En cuanto me vio se levantó de un salto y corrió ansiosamente hacia mí, diciendo:

-¡Ah, bien habría dado un billón de milréis por ver de nuevo a una persona viva!

Me había reconocido tan fácilmente como si yo no estuviese disfrazado, algo que me llenó de miedo, no lo dudéis un instante. Le dije:

-Rápido, dime, ¿qué significa este espantoso desastre? ¿Cómo ocurrió?

-Bueno, si la reina Ginebra no existiese, no hubiera sobrevenido tan pronto. Pero hubiese sucedido de cualquier modo. Habría ocurrido por vuestra causa, tarde o temprano, pero la fortuna ha decidido que fuese a causa de la reina.

-¿Y de sir Lanzarote? -Exactamente.

-Cuéntame los detalles.

-Supongo que no negaréis que durante los últimos años sólo un par de ojos no han estado mirando de reojo a la reina y sir Lanzarote...

-Sí, los ojos del rey Arturo.

-... y sólo un corazón no ha albergado sospechas...


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