Un yanqui en la corte del rey Arturo

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Esperamos una semana. No me aburrí durante esos días, pues dediqué todo el tiempo a escribir. En los primeros días pasé este viejo diario a la forma narrativa. Sólo me faltaba un capítulo para ponerlo al día. El resto de la semana lo ocupé en escribir cartas a mi mujer. Me había acostumbrado a escribirle a Sandy todos los días durante las temporadas en las que estábamos separados, y seguía haciéndolo por amor a la costumbre y por amor a ella, aunque ahora no pudiese dar salida a las cartas una vez escritas. Pero me ayudaba a pasar el tiempo, ¿sabéis?, era casi como un diálogo, como si estuviese diciendo: «Sandy, qué bien lo pasaríamos si tú y Hola Operadora estuvieseis aquí en la caverna, en lugar de estar sólo vuestras fotografías». Y entonces me imaginaba al bebé balbuciendo una especie de respuesta con los puños en la boca, recostado sobre las rodillas de su madre, que sonreiría embelesada, haciéndole cosquillas bajo la barbilla para que riese, y dedicándome de vez en cuando un comentario, etcétera. Bueno, podría seguir así indefinidamente, pluma en mano, horas y horas. Era casi como si estuviésemos todos juntos de nuevo.





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