Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Yo no era la sombra de un rey, era la sustancia; el rey mismo era mi sombra. Mi poder era colosal. Y no se trataba sólo de un título, como ha ocurrido generalmente en estos casos: era algo real. Me encontraba allí, en la propia fuente y origen del segundo gran período de la historia del mundo, y me era posible contemplar cómo se iba reuniendo gota a gota el torrente de la historia, y se hacía más ancho y profundo, y se mecían las olas que habrían de alcanzar siglos lejanos. Podía anticipar la aparición de aventureros como yo al abrigo de una larga serie de tronos: los De Montfort, Gaveston, Mortimer, Villiers, el grupo de hombres licenciosos y lascivos que emprendería en Francia guerras y dirigiría campañas, y las mujerzuelas investidas de poder por Carlos II; pero en ninguna parte de esta procesión se veía un individuo que pudiese estar a mi altura. Yo era alguien único y me alegraba mucho tener la certeza de que en trece siglos y medio nadie podría desbancarme de aquella posición de preeminencia.
Sí; en poder igualaba al rey. Pero existía otro poder que era mayor que el de nosotros dos juntos: la Iglesia. No quiero eludir este hecho. No podría hacerlo aunque quisiese. Pero dejémosla de lado por el momento, ya aparecerá en su debido sitio más adelante. En un principio no me causó problemas, al menos ninguno de importancia.