Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Las ideas heredadas son algo curioso, interesante de observar y examinar. Yo tenía las mías; el rey y su gente, las suyas. En ambos casos se trataba de rutinas que habían sido profundamente inculcadas por el tiempo y el hábito. Quien intentase eliminarlas, valiéndose de razones y argumentos, tendría entre manos una empresa monumental. Aquella gente, por ejemplo, había heredado la idea de que todos los hombres sin título y sin una larga genealogía, tuviesen o no conocimientos o dotes naturales, merecían menos consideración que un animal cualquiera, un bicho, un insecto, mientras que yo había heredado la idea de que las cornejas humanas que consienten en disfrazarse con el ostentoso y falso plumaje de las dignidades heredadas y los títulos inmerecidos sólo sirven de hazmerreír. La actitud que tenía hacia mí la gente de Arturo era extraña, pero natural. Similar a la que demuestran los visitantes y el guardián de un zoológico ante un enorme elefante. Sienten gran admiración por su corpulencia y su prodigiosa fuerza; hablan con orgullo del hecho de que pueda realizar cientos de prodigios completamente imposibles para ellos, y con ese mismo orgullo también se refieren al hecho de que en su cólera podría ahuyentar a un millar de hombres. ¿Pero lo convierte esto en uno de ellos?... No. El más harapiento de los vagabundos se echaría a reír al escuchar tal cosa. No podría comprenderlo; no podría aceptarlo; no podría concebirlo ni remotamente. Pues bien, para el rey, los nobles y la nación entera, hasta el último de los esclavos y el más abyecto de los vagabundos, yo era exactamente como ese elefante, y nada más. Era admirado y temido, pero como se admira y se teme a un animal. No se demuestra reverencia ante un animal, y tampoco hacia mí. Ni siquiera era respetado. Yo carecía de genealogía o de títulos heredados, así que a los ojos del rey y los nobles no era más que basura. La gente me miraba con asombro y terror, pero sin reverencia alguna. Debido a las ideas heredadas, eran incapaces de concebir que cualquier cosa tuviese derecho a ser venerada, excepto la genealogía y el dominio señorial. He aquí la mano de aquel terrible poder, la Iglesia Católica Romana. En sólo dos o tres siglos habían transformado una nación de hombres en una nación de gusanos. Antes de que se instaurara la supremacía de la Iglesia en el mundo, los hombres eran hombres y podían llevar la cabeza erguida, y tenían el orgullo propio de un hombre y su valor y su independencia, y las grandezas y posición que podía alcanzar una persona eran debidas principalmente a sus logros, no a su nacimiento. Entonces apareció en escena la Iglesia, dispuesta a llenar sus arcas como fuese. Y la Iglesia era sabia, sutil y conocía muchas maneras de esquilmar una oveja, o una nación. Se inventó lo del «derecho divino de los reyes» y lo apuntaló por todas partes, al lado de piedra a piedra, al lado de las Bienaventuranzas, despojándolas de su loable propósito para ponerlas al servicio de algo maligno. Predicó (al pueblo llano) la humildad, la obediencia a los superiores, la belleza de la abnegación; predicó (al pueblo llano) la mansedumbre ante el insulto; predicó (de nuevo al pueblo llano, siempre al pueblo llano) la paciencia, la pobreza de espíritu, la sumisión a los opresores e introdujo rangos hereditarios y aristocracias y luego enseñó a todas las poblaciones cristianas de la tierra a postrarse ante ellos y venerarlos. Todavía en el siglo de mi nacimiento continuaba ese veneno en la sangre de la cristiandad, y los mejores de entre los plebeyos ingleses aceptaban alegremente que gentes de menor valía que ellos siguieran ocupando impunemente un gran número de posiciones, desde los señoríos hasta el trono, posiciones a las cuales no les permitían aspirar las grotescas leyes de su país. De hecho, no sólo aceptaban esta peculiar situación, sino que eran capaces de convencerse a sí mismos de que era motivo de orgullo. Lo anterior parece demostrar que puedes llegar a aceptar cualquier cosa si has nacido y crecido bajo su influjo. Por supuesto que esa inclinación, esa reverencia por títulos y rangos ha existido también en nuestra sangre americana, bien lo sé, pero cuando abandoné América había desaparecido casi por completo y sus residuos estaban restringidos a caballeretes y señoritingas. Cuando una infección se ha reducido hasta llegar a ese nivel, se puede decir con bastante tranquilidad que no ofrece ya ningún peligro.