Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo Hubiese podido obtener un título con bastante facilidad y ello me habría elevado considerablemente ante los ojos de todos, incluso ante los ojos del rey, quien me lo habría otorgado. Pero no lo solicité y lo rechacé cuando me lo ofrecieron. Mis principios no me hubiesen permitido disfrutar de él, y de todos modos no hubiese sido apropiado, porque hasta donde llegaba mi información nuestra tribu siempre había carecido de intenciones siniestras. No me hubiese sentido verdadera y satisfactoriamente contento, orgulloso, convencido, con ningún título, excepto con cada uno que proviniese de la nación misma, la única fuente legítima. A ello había aspirado, y después de muchos años de esfuerzos honestos y honrados lo había conseguido, y desde entonces lo había llevado con alto y limpio orgullo. Este título había salido casualmente de labios de un herrero, en una aldea, un día cualquiera había sido bien recibido por sus vecinos y había comenzado a pasar de boca en boca con una sonrisa y un gesto afirmativo. En diez días se había extendido por todo el reino y se había hecho tan popular como el nombre del rey. En adelante se me llamaría siempre de ese modo, ya fuese en las conversaciones cotidianas de la gente o en los graves debates sobre asuntos de Estado en la Sala de Consejos del soberano. Este título, traducido al lenguaje moderno, correspondería a el jefe. Elegido por la nación. Apropiado para mí. Y era un título bastante importante. Había muy pocas personas que pudiesen anteceder un «El» a su título, y yo era una de ellas. Si alguien decía «el duque», «el conde» o «el obispo», ¿cómo podría saberse a cuál de todos se refería? Pero, si se decía «El Rey», o «La Reina», o «El Jefe», entonces la cosa era distinta.