Abel Sánchez
Abel Sánchez —Ya te figurarás a lo que vengo —le dijo Abel a JoaquÃn apenas se encontraron a solas en el despacho de éste.
—SÃ, lo sé. Tu hijo me ha anunciado tu visita.
—Mi hijo y pronto tuyo, de los dos. ¡Y no sabes bien cuánto me alegro! Es como debÃa acabar nuestra amistad. Y mi hijo es ya casi tuyo; te quiere ya como a padre, no sólo como a maestro. Estoy por decir que te quiere más que a mÃ…
—Hombre…, no…, no…, no digas asÃ.
—¿Y qué? ¿Crees que tengo celos? No, no soy celoso. Y mira, JoaquÃn, si entre nosotros habÃa algo…
—No sigas por ahÃ, Abel, te lo ruego, no sigas…
—Es preciso. Ahora que van a unirse nuestras sangres, ahora que mi hijo va a serlo tuyo y mÃa tu hija, tenemos que hablar de esa vieja cuenta, tenemos que ser absolutamente sinceros.
—¡No, no, de ningún modo, y si hablas de ella, me voy!
—¡Bien, sea! Pero no creas que olvido, no lo olvidaré nunca, tu discurso aquel cuando lo del cuadro.
—Tampoco quiero que hables de eso.
—¿Pues de qué?
—¡Nada de lo pasado, nada! Hablemos sólo del porvenir…
