Abel Sánchez
Abel Sánchez —Más separados que estáis de él… Un hombre apenas vive en casa; una mujer apenas sale de ella. Necesito a mi hija.
—Sea. Ya ves si estoy complaciente.
—Y más que esta casa será la vuestra, la tuya, la de Helena…
—Gracias por la hospitalidad. Eso se entiende.
Después de una larga entrevista, en que convinieron todo lo atañedero al establecimiento de sus hijos, al ir a separarse, Abel, mirándole a JoaquÃn a los ojos, con mirada franca, le tendió la mano, y sacando la voz de las entrañas de su común infancia, le dijo: «¡JoaquÃn!». Asomáronsele a éste las lágrimas a los ojos al coger aquella mano.
—No te habÃa visto llorar desde que fuimos niños, JoaquÃn.
—No volveremos a serlo, Abel.
—SÃ, y es lo peor.
Se separaron.