Abel Sánchez
Abel Sánchez —Bueno, si tú y yo, a nuestra edad, no hablamos del pasado, ¿de qué vamos a hablar? ¡Si nosotros no tenemos ya más que pasado!
—¡No digas eso! —casi gritó JoaquÃn.
—¡Nosotros ya no podemos vivir más que de recuerdos!
—¡Cállate, Abel; cállate!
—Y si te he de decir la verdad, vale más vivir de recuerdos que de esperanzas. Al fin, ellos fueron y de éstas no se sabe si serán.
—¡No, no; recuerdos, no!
—En todo caso, hablemos de nuestros hijos, que son nuestras esperanzas.
—¡Eso sÃ!
—De ellos y no de nosotros, de ellos, de nuestros hijos…
—Él tendrá en ti un maestro y un padre…
—SÃ, pienso dejarle mi clientela, es decir, la que quiera tomarlo, que ya la he preparado para eso. Le ayudaré en los casos graves.
—Gracias, gracias.
—Eso, además de la dote que doy a Joaquina. Pero vivirán conmigo.
—Eso me habÃa dicho mi hijo. Yo, sin embargo, creo que deben poner casa; el casado, casa quiere.
—No, no puedo separarme de mi hija.
—Y nosotros de nuestro hijo sÃ, ¿eh?