Abel Sánchez
Abel Sánchez Pasó un año en que JoaquÃn cayó en una honda melancolÃa. Abandonó sus Memorias, evitaba ver a todo el mundo, incluso a sus hijos. La muerte de Abel habÃa parecido el natural desenlace de su dolencia, conocida por su hija, pero un espeso bochorno misterioso pesaba sobre la casa. Helena encontró que el traje de luto la favorecÃa mucho y empezó a vender los cuadros que de su marido le quedaban. ParecÃa tener cierta aversión al nieto. Al cual le habÃa nacido ya una hermanita.
Postróle, al fin, a JoaquÃn una oscura enfermedad en el lecho. Y sintiéndose morir, llamó un dÃa a sus hijos, a su mujer, a Helena.
—Os dijo la verdad el niño —empezó diciendo—, yo le maté.
—No digas esas cosas, padre —suplicó Abel, su yerno.
—No es hora de interrupciones ni de embustes. Yo le maté. O como si yo le hubiera matado, pues murió en mis manos…
—Eso es otra cosa.
