Abel Sánchez
Abel Sánchez «Fueron unos dÃas atroces aquéllos de la enfermedad de Abel —escribÃa en su Confesión el otro—, unos dÃas de tortura increÃble. Estaba en mi mano dejarle morir, aún más, hacerle morir sin que nadie lo sospechase, sin que de ello quedase rastro alguno. He conocido en mi práctica profesional casos de extrañas muertes misteriosas que he podido ver luego iluminadas al trágico fulgor de sucesos posteriores, una nueva boda de la viuda y otros asÃ. Luché entonces como no he luchado nunca conmigo mismo, con ese hediondo dragón que me ha envenenado y entenebrecido la vida. Estaba allà comprometido mi honor de médico, mi honor de hombre, y estaba comprometida mi salud mental, mi razón. Comprendà que me agitaba bajo las garras de la locura; vi el espectro de la demencia haciendo sombra en mi corazón. Y vencÃ. Salvé a Abel de la muerte. Nunca he estado más feliz, más acertado. El exceso de mi infelicidad me hizo estar felicÃsimo de acierto».
—Ya está fuera de todo cuidado tu… marido —le dijo un dÃa JoaquÃn a Helena.
—Gracias, JoaquÃn, gracias —y le cogió la mano, que él se la dejó entre las suyas—; no sabes cuánto te debemos…
—Ni vosotros sabéis cuánto os debo…
—Por Dios, no seas asÃ… ahora que tanto te debemos, no volvamos a eso…