Abel Sánchez
Abel Sánchez —Bien, yo soy un antipático, ¿no es as�
—¡No, no es asÃ!
—La verdad, Antonia…
—¡No, no es asÃ!
—Pues ¿qué soy…?
—¿Usted? Usted es un desgraciado, un hombre que sufre…
Derritiósele a JoaquÃn el hielo y asomáronsele unas lagrimas a los ojos. Y volvió a temblar hasta las raÃces del alma.
Poco después JoaquÃn y la huérfana formalizaban sus relaciones, dispuestos a casarse luego que pasase el año de luto de ella.
«Pobre mi mujercita —escribÃa, años después, Joaquin en su Confesión— empeñada en quererme y en curarme, en vencer la repugnancia que sin duda yo debÃa de inspirarle. Nunca me lo dijo, nunca me lo dio a entender, pero ¿podÃa no inspirarle yo repugnancia, sobre todo cuando descubrà la lepra de mi alma, la gangrena de mis odio? Se casó conmigo como se habrÃa casado con un leproso, no me cabe duda de ello, por divina piedad, por espÃritu de abnegación y de sacrificio cristianos, para salvar mi alma y asà salvar la suya, por heroÃsmo de santidad. ¡Fue una santa! ¡Pero no me curó de Helena; no me curo de Abel! Su santidad fue para mà un remordimiento más.