Abel Sánchez
Abel Sánchez »La clientela me distraÃa, pero a veces temblaba pensando que el estado de distracción en que mi pasión me tenÃa preso me impidiera prestar el debido cuidado a dolencias de mis pobres enfermos.
»Ocurrióme un caso que me sacudió las entrañas. AsistÃa a una pobre señora, enferma de algún riesgo, pero caso desesperado, a la que él habÃa hecho un retrato, retrato magnÃfico, uno de sus mejores retratos, de los que han quedado como definitivos de entre los que ha pintado, y aquel retrato era lo primero que se me venÃa a los ojos y al odio asà que entraba en la casa de la enferma. Estaba viva en el retrato, más viva que en el lecho de carne y hueso sufrientes. Y el retrato parecÃa decirme "¡Mira, él me ha dado vida para siempre!, a ver si tú me alargas esta otra de aquà abajo." Y junto a la pobre enferma, auscultándola, tomándole el pulso, no veÃa sino la otra, a la retratada. Estuve torpe, torpÃsimo, y la pobre enferma se me murió; la dejé morir más bien, por mi torpeza, por mi criminal distracción. Sentà horror de mismo, de mi miseria.