Abel Sánchez

Abel Sánchez

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»A los pocos días de muerta la señora aquélla, tuve que ir a su casa, a ver allí otro enfermo, y entré dispuesto a mirar el retrato. Pero era inútil, porque era él, el retrato que me miraba aunque yo no le mirase y me atraía la mirada. Al despedirme me acompañó hasta la puerta el viudo. Nos detuvimos al pie del retrato, y yo, como empujado por una fuerza irresistible y fatal, exclamé:

»—¡Magnífico retrato! ¡Es de lo mejor que ha hecho Abel!

»—Sí —me contestó el viudo—, es el mayor consuelo que me queda. Me paso largas horas contemplándola. Parece como que me habla.

»—¡Sí, sí —añadí— este Abel es un artista estupendo!

»Y al salir me decía: "¡Yo la dejé morir y él la resucita!"».

Sufría Joaquín mucho cada vez que se le moría alguno de sus enfermos, sobre todo los niños, pero la muerte de otros le tenía sin grave cuidado.

«¿Para qué querrá vivir…? —decíase de algunos—. Hasta le haría un favor dejándole morir…».


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