Abel Sánchez

Abel Sánchez

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—¡Ay, don Joaquín! —le decía—, usted, que dicen que sabe tanto, a ver si me da un remedio para que le cure a mi pobre marido del bebedizo que le ha dado esa pelona.

—¿Pero qué bebedizo, mujer de Dios?

—Se va a ir a vivir con ella, dejándome a mí, al cabo de veinticinco años…

—Más extraño es que la hubiese dejado de recién casados, cuando usted era joven y acaso…

—¡Ah, no, señor, no! Es que le ha dado un bebedizo trastornándole el seso, porque si no, no podría ser… No podría ser…

—Bebedizo… bebedizo… —murmuró Joaquín.

—Sí, don Joaquín, sí, un bebedizo… Y usted, que sabe tanto, deme un remedio para él.

—¡Ay, buena mujer!, ya los antiguos trabajaron en balde para encontrar un agua que los rejuveneciese…

Y cuando la pobre mujer se fue desolada, Joaquín se decía: «Pero ¿no se mirará al espejo esta desdichada? ¿No verá el estrago de los años de rudo trabajo? Estas gentes del pueblo todo lo atribuyen a bebedizos o a envidias… ¿Que no encuentran trabajo…? Envidias… ¿Que les sale algo mal? Envidias. El que todos sus fracasos los atribuye a ajenas envidias es un envidioso. ¿Y no lo seremos todos? ¿No me habrán dado un bebedizo?».


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