Abel Sánchez
Abel Sánchez »Mi Adah también me echaba dulcemente en cara cuando yo no trabajaba, cuando no podÃa trabajar. Y Luzbel estaba entre mi Adah y yo. "¡No vayas con ese EspÃritu!" —me gritaba mi Adah—. ¡Pobre Antonia! Y me pedÃa también que le salvara de aquel EspÃritu. Mi pobre Adah no llegó a odiarlos como los odiaba yo. ¿Pero llegué yo a querer de veras a mi Antonia? Ah, si hubiera sido capaz de quererla me habrÃa salvado. Era para mà otro instrumento de venganza. QuerÃala para madre de un hijo o de una hija que me vengaran. Aunque pensé, necio de mÃ, que una vez padre se me curarÃa aquello. ¿Mas acaso no me casé sino para hacer odiosos como yo, para transmitir mi odio, para inmortalizarlo?
»Se me quedó grabada en el alma como con fuego aquella escena de CaÃn y Luzbel en el abismo del espacio. Vi mi ciencia a través de mi pecado y la miseria de dar vida para propagar la muerte. Y vi que aquel odio inmortal era mi alma. Ese odio pensé que debió de haber precedido a mi nacimiento y que sobrevivirÃa a mi muerte. Y me sobrecogà de espanto al pensar en vivir siempre para aborrecer siempre. Era el Infierno. ¡Y yo que tanto me habÃa reÃdo de la creencia en él! ¡Era el Infierno!