Abel Sánchez
Abel Sánchez —No hables asĂ, mujer, que no le has oĂdo.
—Como si le hubiese oĂdo.
—Le salĂa del corazĂłn. Me ha conmovido. Te digo que ni yo sĂ© lo que he pintado hasta que no le he oĂdo a Ă©l explicárnoslo.
—No te fĂes… no te fĂes de Ă©l… Cuando tanto te ha elogiado, por algo será…
—¿Y no puede haber dicho lo que sentĂa?
—Tú sabes que está muerto de envidida de ti.
—Cállate.
—Muerto, sĂ, muertecito de envidia de ti…
—¡Cállate, cállate, mujer; cállate!
—No, no son celos porque él ya no me quiere, si es que me quiso… es envidia… envidia…
—¡Cállate! ¡Cállate! —rugió Abel.
—Bueno, me callo, pero tú verás…
—Ya he visto y he oĂdo y me basta. ¡Cállate, digo!