Abel Sánchez
Abel Sánchez Abel habÃa pintado una Virgen con el niño en brazos que no era sino un retrato de Helena, su mujer, con el hijo, Abelito. El cuadro tuvo éxito, fue reproducido, y ante una espléndida fotografÃa de él rezaba JoaquÃn a la Virgen SantÃsima, diciéndole: «¡Protégeme! ¡Sálvame!».
Pero mientras asà rezaba, susurrándose en voz baja y como para oÃrse, querÃa acallar otra voz más honda, que brotándole de las entrañas le decÃa: «¡Asà se muera! ¡Asà te la deje libre!».
—¿Conque te has hecho ahora reaccionario? —le dijo un dÃa Abel a JoaquÃn.
—¿Yo?
—SÃ, me han dicho que te has dado a la Iglesia y que oyes misa diaria, y como nunca has creÃdo ni en Dios ni en el diablo, y no es cosa de convertirse asÃ, sin más ni menos, ¡pues te has hecho reaccionario!
—¿Y a ti qué?
—No, si no te pido cuentas; pero… ¿crees de veras?
—Necesito creer.
—Eso es otra cosa. ¿Pero crees?
—Ya te he dicho que necesito creer, y no me preguntes más.
—Pues a mà con el arte me basta; el arte es mi religión.
—Pues has pintado VÃrgenes…
