Abel Sánchez
Abel Sánchez —SÃ, yo aspiro a abrir nuevos caminos. Pienso dedicarme a la investigación cientÃfica. La gloria médica es de los que descubrieron el secreto de alguna enfermedad y no de los que aplicaron el descubrimiento con mayor o menor fortuna.
—Me gusta verte asÃ, tan idealista.
—Pues qué, ¿crees que sólo vosotros, los artistas, los pintores, soñáis con la gloria?
—Hombre, nadie te ha dicho que yo sueñe con tal cosa…
—¿Que no?, ¿pues por qué, sino, te has dedicado a pintar?
—Porque si se acierta es oficio que promete…
—¿Que promete?
—Vamos, sÃ, que da dinero.
—A otro perro con ese hueso, Abel. Te conozco desde que nacimos casi. A mà no me la das. Te conozco.
—¿Y he pretendido nunca engañarte?
—No, pero tú engañas sin pretenderlo. Con ese aire de no importarte nada, de tomar la vida en juego, de dársete un comino de todo, eres un terrible ambicioso…
—¿Ambicioso yo?
—SÃ, ambicioso de gloria, de fama, de renombre… Lo fuiste siempre, de nacimiento. Sólo que solapadamente.