Del sentimiento trágico de la vida
Del sentimiento trágico de la vida Al enviar Galileo al Gran Duque de Toscana su escrito sobre la movilidad de la Tierra, le decÃa que conviene obedecer y creer a las determinaciones de los superiores, y que reputaba aquel escrito «como una poesÃa o bien un ensueño, y por tal recÃbalo Vuestra Alteza». Y otras veces le llama «quimera» y «capricho matemático». Y asà yo en estos ensayos, por temor también —¿por qué no confesarlo?— a la Inquisición, pero a la de hoy, a la cientÃfica, presento como poesÃa, ensueño, quimera o capricho mÃstico lo que más de dentro me brota. Y digo con Galileo: Eppur si muove! Mas ¿es solo por ese temor? ¡Ah, no!, que hay otra más trágica Inquisición, y es la que un hombre moderno, culto, europeo —como lo soy yo, quiéralo o no—, lleva dentro de sÃ. Hay un más terrible ridÃculo, y es el ridÃculo de uno ante sà mismo y para consigo. Es mi razón, que se burla de mi fe y la desprecia.
Y aquà es donde tengo que acogerme a mi señor Don Quijote para aprender a afrontar el ridÃculo y vencerlo, y un ridÃculo que acaso —¿quién sabe?— él no conoció.
SÃ, sÃ, ¿cómo no ha de sonreÃr mi razón de estas construcciones seudofilosóficas, pretendidas mÃsticas, dilettantescas, en que hay de todo menos paciente estudio, objetividad y método… cientÃfico? ¡Y, sin embargo… Eppur si muove!