La TÃa Tula
La TÃa Tula Y ahora quedábase Gertrudis con sus cinco crÃas, y bregando, para la última, con amas.
El mayor, RamirÃn, era la viva imagen de su padre, en figura y en gestos, y su tÃa proponÃase combatir en él desde entonces, desde pequeño, aquellos rasgos a inclinaciones de aquel que, observando a este, habÃa visto que más le perjudicaban. «Tengo que estar alerta —se decÃa Gertrudis— para cuando en él se despierte el hombre, el macho más bien, y educarle a que haga su elección con reposo y tiento». Lo malo era que su salud no fuese del todo buena y su desarrollo difÃcil y hasta doliente.
Y a todos habÃa que sacarlos adelante en la vida y educarlos en el culto a sus padres perdidos.
¿Y los pobres niños de la hospiciana? «Esos también son mÃos —pensaba Gertrudis—; tan mÃos como los otros, como los de mi hermana, más mÃos aún. Porque estos son hijos de mi pecado. ¿Del mÃo? ¿No más bien el de él? ¡No, de mi pecado! ¡Son los hijos de mi pecado! ¡SÃ, de mi pecado! ¡Pobre chica!». Y le preocupaba sobre todo la pequeñita.