La TÃa Tula
La TÃa Tula —Yo soy médico, le digo, y no sólo no tuve hijos de mi mujer, que era viuda, y perdimos el que ella me trajo al matrimonio, ¡aún le lloro al pobrecillo!, sino que sé, sé positivamente, sé con toda seguridad, que no he de tener nunca hijos propios, que no puedo tenerlos. Aunque no por eso, claro está, me sienta menos hombre que otro cualquiera; ¿usted me entiende, Gertrudis?
—Quisiera no entenderle a usted, don Juan.
—Para acabar, yo creo que a estos niños, a estos sobrinos de usted y a los otros dos acaso…
—Son tan sobrinos para mà como los otros, más bien hijos.
—Bueno, pues que a estos hijos de usted, ya que por tales les tiene, no les vendrÃa mal un padre, y un padre no mal acomodado y hasta regularmente rico.
—¿Y eso es todo?
—SÃ, que yo creo que hasta necesitan padre.
—Les basta, don Juan, con el Padre nuestro que está en los cielos.
—Y como madre usted, que es la representante de la Madre SantÃsima, ¿no es eso?
—Usted lo ha dicho; don Juan, y por última vez en esta casa.
—¿De modo que…?