La Tía Tula

La Tía Tula

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—¿Qué es eso de usted y de tía?

—Bueno, tú, mamá, tú…, pues no sé si eres triste o alegre, pero a mí me pareces alegre…

—¿Te parezco así? ¡Pues basta!

—Por lo menos a mí me alegras…

—Y es lo que nos manda Dios a este mundo, a alegrar a los demás.

—Pero para alegrar a los demás hay que estar alegre una…

—O no…

—¿Cómo no?

—Nada alegra más que un rayo de sol, sobre todo si da sobre la verdura del follaje de un árbol, y el rayo de sol no está ni alegre ni triste, y quién sabe… acaso su propio fuego le consume… El rayo de sol alegra porque está limpio; todo lo limpio alegra… Y esa pobre Manolita debe alegrarte, porque a limpia…

—¡Sí, eso sí! Y luego esos ojos que tiene, que parecen…

—Parecen dos estanques quietos entre verdura… Los he estado mirando muchas veces y desde cerca. Y no sé de dónde ha sacado esos ojos… No son de su madre, que tenía ojos de tísica, turbios de fiebre… ni son los de su padre, que eran…

—¿Sabes de quién parecen esos ojos?

—¿De quién? —y Gertrudis temblaba al preguntarlo.


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