La TÃa Tula
La TÃa Tula —Es verdad, pero me los perdonas, ¿no es verdad, Rosa?, me los perdonas.
—Eso ni se pregunta. Pero te vendrás con nosotros…
—No insistas, Rosa, no insistas…
—¿Qué? ¿No te vendrás? Dejarás a tus sobrinos, más bien tus hijos casi…
—Pero si no los he dejado un dÃa…
—¿Te vendrás?
—Lo pensaré, Rosa, lo pensaré…
—Bueno, pues no insisto.
Pero a los pocos dÃas insistió, y Gertrudis se defendÃa.
—No, no; no quiero estorbaros…
—¿Estorbamos? ¿Qué dices, Tula?
—Los casados casa quieren.
—¿Y no puede ser la tuya también?
—No, no; aunque tú no lo creas, yo os quitarÃa libertad. ¿No es asÃ, Ramiro?
—No…, no veo… —balbuceó el marido, confuso, como casi siempre le ocurrÃa ante la inesperada interpelación de su cuñada.
—SÃ, Rosa; tu marido, aunque no lo dice, comprende que un matrimonio, y más un matrimonio joven como vosotros y en plena producción, necesita estar solo. Yo, la tÃa, vendré a mis horas a ir enseñando a vuestros hijos todo aquello en que no podáis ocuparos.