Niebla
Niebla —¡Ah, mi mujer! —exclamó Carrascal, y una lágrima que se le habÃa asomado a un ojo pareció irradiarle luz interna—. ¡Mi mujer!, ¡la he descubierto! Hasta mi tremenda desgracia no he sabido lo que tenÃa en ella. Sólo he penetrado en el misterio de la vida cuando en las noches terribles que sucedieron al suicidio de mi Apolodoro reclinaba mi cabeza en el regazo de ella, de la madre, y lloraba, lloraba, lloraba. Y ella, pasándome dulcemente la mano por la cabeza, me decÃa: «¡Pobre hijo mÃo!, ¡pobre mÃo!». Nunca, nunca ha sido más madre que ahora. Jamás creà al hacerla madre, ¿y cómo?, nada más que para que me diese la materia prima del genio… jamás creà al hacerla madre que como tal la necesitarÃa para mà un dÃa. Porque yo no conocà a mi madre, Augusto, no la conocÃ; yo no he tenido madre, no he sabido qué es tenerla hasta que al perder mi mujer a mi hijo y suyo se ha sentido madre mÃa. Tú conociste a tu madre, Augusto, a la excelente doña Soledad; si no, te aconsejarÃa que te casases.
—La conocÃ, don Avito, pero la perdÃ, y ahÃ, en la iglesia, estaba recordándola…
—Pues si quieres volver a tenerla, ¡cásate, Augusto, cásate!
—No, aquélla no, aquélla, no la volveré a tener.
—Es verdad, pero ¡cásate!