Niebla
Niebla —¿Y cómo? —añadió Augusto con una forzada sonrisa y recordando lo que habÃa oÃdo de una de las doctrinas de don Avito— ¿cómo?, ¿deductiva o inductivamente?
—¡Déjate ahora de esas cosas; por Dios, Augusto, no me recuerdes tragedias! Pero… En fin, si te he de seguir el humor, ¡cásate intuitivamente!
—¿Y si la mujer a quien quiero no me quiere?
—Cásate con la mujer que te quiera, aunque no lo quieras tú. Es mejor casarse para que le conquisten a uno el amor que para conquistarlo. Busca una que te quiera.
Por la mente de Augusto pasó en rapidÃsima visión la imagen de la chica de la planchadora. Porque se habÃa hecho la ilusión de que aquella pobrecita quedó enamorada de él.
Cuando al cabo Augusto se despidió de don Avito dirigióse al Casino. QuerÃa despejar la niebla de su cabeza y la de su corazón echando una partida de ajedrez con VÃctor.