Niebla
Niebla —SÃ, creo entenderte…
—Y di en dedicarme a comer como un bárbaro lo que creà más sustancioso y nutritivo y bien sazonado con todo género de especias, en especial las que pasan por más afrodisiacas, y a frecuentar lo más posible a mi mujer. Y, claro…
—Te pusiste enfermo.
—¡Natural! Y si no acudo a tiempo y entramos en razón me las lÃo al otro mundo. Pero curé de aquello en ambos sentidos, volvà a mi mujer y nos calmamos y resignamos. Y poco a poco volvió a reinar en casa no ya la paz, sino hasta la dicha. Al principio de esta nueva vida, a los cuatro o cinco años de casados, lamentábamos alguna que otra vez nuestra soledad, pero muy pronto no sólo nos consolamos, sino que nos habituamos. Y acabamos no sólo por no echar de menos a los hijos, sino hasta por compadecer a los que los tienen. Nos habituamos uno a otro, nos hicimos el uno costumbre del otro. Tú no puedes entender esto…
—No, no lo entiendo.