Niebla
Niebla —Pues si no la tiene… ¡dependerá de mÃ!
—SÃ, ¡el marido de la pianista!
—Y aunque asà sea. Será mÃo, mÃo, y cuanto más de mà dependa, más mÃo.
—SÃ, tuyo… pero como puede serlo un perro. Y eso se llama comprar un hombre.
—¿No ha querido un hombre, con su capital, comprarme? Pues ¿qué de extraño tiene que yo, una mujer, quiera, con mi trabajo, comprar un hombre?
—Todo esto que estás diciendo, chiquilla, se parece mucho a eso que tu tÃo llama feminismo.
—No sé, ni me importa saberlo. Pero le digo a usted, tÃa, que todavÃa no ha nacido el hombre que me pueda comprar a mÃ. ¿A mÃ?, ¿a mÃ?, ¿comprarme a mÃ?
En este punto de la conversación entró la criada a anunciar que don Augusto esperaba a la señora.
—¿Él? ¡Vete! Yo no quiero verle. Dile que le he dicho ya mi última palabra.
—Reflexiona un poco, chiquilla, cálmate; no lo tomes asÃ. Tú no has sabido interpretar las intenciones de don Augusto.