Niebla
Niebla —Y es mejor que sean unos brutos que no unos holgazanes, como, por ejemplo, ese zanguango de Mauricio, que te tiene, yo no sé por qué, sorbido el seso… Porque según mis informes, y son de buena tinta, te lo aseguro, maldito si el muy bausán está de veras enamorado de ti…
—¡Pero lo estoy yo de él y basta!
—Y ¿te parece que ese… tu novio quiero decir… es de veras hombre? Si fuese hombre, hace tiempo que habrÃa buscado salida y trabajo.
—Pues si no es hombre, quiero yo hacerle tal. Es verdad, tiene el defecto que usted dice, tÃa, pero acaso es por eso por lo que le quiero. Y ahora, después de la hombrada de don Augusto… ¡quererme comprar a mÃ, a mÃ!… después de eso estoy decidida a jugarme el todo por el todo casándome con Mauricio.
—Y ¿de qué vais a vivir, desgraciada?
—¡De lo que yo gane! Trabajaré, y más que ahora. Aceptaré lecciones que he rechazado. Asà como asÃ, he renunciado ya a esa casa, se la he regalado a don Augusto. Era un capricho, nada más que un capricho. Es la casa en que nacÃ. Y ahora, libre ya de esa pesadilla de la casa y de su hipoteca, me pondré a trabajar con más ahÃnco. Y Mauricio, viéndome trabajar para los dos, no tendrá más remedio que buscar trabajo y trabajar él. Es decir, si tiene vergüenza…
—¿Y si no la tiene?