Niebla
Niebla —Brutos, todos brutos, brutos todos. ¿No sabe usted lo que ese bárbaro de MartÃn Rubio le dijo al pobre don Emeterio a los pocos dÃas de quedarse este viudo?
—No lo he oÃdo, creo.
—Pues verá usted; fue cuando la epidemia aquella, ya sabe usted. Todo el mundo estaba alarmadÃsimo, a mà no me dejaron ustedes salir de casa en una porción de dÃas y hasta tomaba el agua hervida. Todos huÃan los unos de los otros, y si se veÃa a alguien de luto reciente era como si estuviese apestado. Pues bien; a los cinco o seis dÃas de haber enviudado el pobre don Emeterio tuvo que salir de casa, de luto por supuesto, y se encontró de manos a boca con ese bárbaro de MartÃn. Este, al verle de luto, se mantuvo a cierta prudente distancia de él, como temiendo el contagio, y le dijo: «Pero, hombre, ¿qué es eso?, ¿alguna desgracia en tu casa?». «Sà —le contestó el pobre don Emeterio—, acabo de perder a mi pobre mujer…». «¡Lástima! Y ¿cómo, cómo ha sido eso?». «De sobreparto», le dijo don Emeterio. «¡Ah, menos mal!» —le contestó el bárbaro de MartÃn, y entonces se le acercó a darle la mano. ¡Habráse visto caballerÃa mayor…! ¡Una hombrada! Le digo a usted que son unos brutos, nada más que unos brutos.