Niebla
Niebla —¡Todos, sà todos! Los que son de veras hombres se entiende.
—¡Ah!
—SÃ, porque los otros, los que no son groseros y brutos y egoÃstas, no son hombres.
—Pues ¿qué son?
—¡Qué sé yo… maricas!
—¡Vaya unas teorÃas, chiquilla!
—En esta casa hay que contagiarse.
—Pero eso no se lo has oÃdo nunca a tu tÃo.
—No, se me ha ocurrido a mà observando a los hombres.
—¿También a tu tÃo?
—Mi tÃo no es un hombre… de esos.
—Entonces es un marica, ¿eh?, un marica. ¡Vamos, habla!
—No, no, no, tampoco. Mi tÃo es… vamos… mi tÃo… No me acostumbro del todo a que sea algo asÃ… vamos… de carne y hueso.
—Pues ¿qué, qué crees de tu tÃo?
—Que no es más que… no sé cómo decirlo… que no es más que mi tÃo. Vamos, asà como si no existiese de verdad.
—Eso te creerás tú, chiquilla. Pero yo te digo que tu tÃo existe, ¡vaya si existe!