Niebla

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—Sí, bastante después. Mejoró, mejoró bastante. Y ella, la patrona, decía: «De esto tiene la culpa ese don Valentín, que le ha entendido la enfermedad… Mejor era el otro, don José, que no se la entendía. Si sólo le hubiese tratado él, ya estaría muerto, y no que ahora me va a fastidiar». Ella, doña Sinfo, tiene, además de los hijos del primer marido, una hija del segundo, del carabinero, y a poco de haberse casado le decía don Eloíno: «Ven, ven acá; ven, ven que te dé un beso, que ya soy tu padre, eres hija mía…». «Hija, no —decía la madre—, ¡ahijada!». «¡Hijastra, señora, hijastra! Ven acá… os dejo bien…». Y es fama que la madre refunfuñaba: «¡Y el sinvergüenza no lo hacía más que para sobarla…! ¡Habráse visto…!». Y luego vino, como es natural, la ruptura. «Esto fue un engaño, nada más que un engaño, don Eloíno, porque si me casé con usted fue porque me aseguraron que usted se moría y muy pronto, que si no… ¡pa chasco! Me han engañado, me han engañado». «También a mí me han engañado, señora. Y ¿qué quería usted que hubiese yo hecho? ¿Morirme por darle gusto?». «Eso era lo convenido». «Ya me moriré, señora, ya me moriré… y antes que quisiera. ¡Un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro!».




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