Niebla
Niebla Al separarse uno de otro, VÃctor y Augusto, iba diciéndose este: «Y esta mi vida, ¿es novela, es nivola o qué es? Todo esto que me pasa y que les pasa a los que me rodean, ¿es realidad o es ficción? ¿No es acaso todo esto un sueño de Dios o de quien sea, que se desvanecerá en cuanto Él despierte, y por eso le rezamos y elevamos a Él cánticos e himnos, para adormecerle, para acunar su sueño? ¿No es acaso la liturgia de todas las religiones un modo de brezar el sueño de Dios y que no despierte y deje de soñarnos? ¡Ay, mi Eugenia!, ¡mi Eugenia! Y mi Rosarito…».
—¡Hola, Orfeo!
Orfeo le habÃa salido al encuentro, brincaba, le querÃa trepar piernas arriba. Cogióle y el animalito empezó a lamerle la mano.
—Señorito —le dijo Liduvina—, ahà le aguarda Rosarito con la plancha.
—¿Y cómo no la despachaste tú?
—Qué sé yo… Le dije que el señorito no podÃa tardar, que si querÃa aguardarse…
—Pero podÃas haberle despachado como otras veces…
—SÃ, pero… en fin, usted me entiende…
—¡Liduvina! ¡Liduvina!
—Es mejor que la despache usted mismo.
—Voy allá.