Niebla
Niebla —No, no, déjalo. Yo sé cuál es mi enfermedad. Y lo que me hace falta es emprender un viaje. —Y después de un silencio—: ¿Me acompañarás en él?
—¡Don Augusto!
—¡Deja el don! ¿Me acompañarás?
—Como usted quiera…
Una niebla invadió la mente de Augusto; la sangre empezó a latirle en las sienes, sintió una opresión en el pecho. Y para libertarse de ello empezó a besar a Rosarito en los ojos, que los tenÃa que cerrar. De pronto se levantó y dijo dejándola:
—¡Déjame!, ¡déjame!, ¡tengo miedo!
—¿Miedo de qué?
La repentina serenidad de la mozuela le asustó más aún.
—Tengo miedo, no sé de quién, de ti, de mÃ; ¡de lo que sea!, ¡de Liduvina! Mira, vete, vete, pero volverás, ¿no es eso?, ¿volverás?
—Cuando usted quiera.
—Y me acompañarás en mi viaje, ¿no es as�
—Como usted mande…
—¡Vete, vete ahora!
—Y aquella mujer…