Niebla
Niebla Anunciáronle que una señorita deseaba verle. «¿Una señorita?». «Sà —dijo Liduvina—, me parece que es… ¡la pianista!». «¡Eugenia!». «La misma». Quedóse suspenso. Como un relámpago de mareo pasóle por la mente la idea de despacharla, de que le dijeran que no estaba en casa. «Viene a conquistarme, a jugar conmigo como con un muñeco —se dijo—, a que le haga el juego, a que sustituya al otro…». Luego lo pensó mejor. «¡No, hay que mostrarse fuerte!».
—Dile que ahora voy.
Le tenÃa absorto la intrepidez de aquella mujer. «Hay que confesar que es toda una mujer, que es todo un carácter, ¡vaya un arrojo!, ¡vaya una resolución!, ¡vaya unos ojos!; pero, ¡no, no, no, no me doblega!, ¡no me conquista!».
Cuando entró Augusto en la sala, Eugenia estaba de pie. HÃzole una seña de que se sentara, mas ella, antes de hacerlo, exclamó: «¡A usted, don Augusto, le han engañado lo mismo que me han engañado a mÃ!». Con lo que se sintió el pobre hombre desarmado y sin saber qué decir. Sentáronse los dos, y se siguió un brevÃsimo silencio.
—Pues sÃ, lo dicho, don Augusto, a usted le han engañado respecto a mà y a mà me han engañado respecto a usted; esto es todo.
—Pero ¡si hemos hablado uno con otro, Eugenia!