Niebla
Niebla Augusto cambió de color, poniéndose lÃvido.
—¡Ah! —exclamó Eugenia—, aquà estorbo ya. Es la… Rosario que le espera a usted. ¿Ve usted cómo no podemos ser más que amigos, buenos amigos, muy buenos amigos?
—Pero Eugenia…
—Que espera la Rosario…
—Y si me rechazaste, Eugenia, como me rechazaste, diciéndome que te querÃa comprar y en rigor porque tenÃas otro, ¿qué iba a hacer yo luego que al verte aprendà a querer? ¿No sabes acaso lo que es el despecho, lo que es el cariño desnidado?
—Vaya, Augusto, venga esa mano; volveremos a vernos, pero conste que lo pasado, pasado.
—No, no, lo pasado, pasado, ¡no!, ¡no!, ¡no!…
—Bien, bien, que espera la Rosario…
—Por Dios, Eugenia…
—No, si nada de extraño tiene; también a mà me esperaba en un tiempo él… Mauricio. Volveremos a vernos. Y seamos serios y leales a nosotros mismos.