Niebla
Niebla —¡Déjame!, ¡déjame! —dijo ella, mientras se arreglaba y componÃa el pelo.
—No, tú… tú… tú… Eugenia… tú…
—No, yo no, no puede ser…
—¿Es que no me quieres?
—Eso de querer… ¿quién sabe lo que es querer? No sé… no sé… no estoy segura de ello…
—¿Y esto entonces?
—¡Esto es una… fatalidad del momento!, producto de arrepentimiento… qué sé yo… estas cosas hay que ponerlas a prueba… Y además, ¿no habÃamos quedado, Augusto, en que serÃamos amigos, buenos amigos, pero nada más que amigos?
—SÃ, pero… ¿Y aquello de tu sacrificio? ¿Aquello de que por haber aceptado mi dádiva, por ser amiga, nada más que amiga mÃa, no va ya a haber quien te pretenda?
—¡Ah, eso no importa; tengo tomada mi resolución!
—¿Acaso después de aquella ruptura…?
—Acaso…
—¡Eugenia! ¡Eugenia!
En este momento se oyó llamar a la puerta, y Augusto, tembloroso, encendido su rostro, exclamó con voz seca: «¿Qué hay?».
—¡La Rosario, que espera! —dijo la voz de Liduvina.