Niebla
Niebla —Oh, no, es la fatalidad, no es más que la fatalidad; somos juguete de ella. ¡Es una desgracia!
Augusto fue, dejando su butaca, a sentarse en el sofá, al lado de Eugenia.
—¡Mira, Eugenia, por Dios, que no juegues asà conmigo! La fatalidad eres tú; aquà no hay más fatalidad que tú. Eres tú, que me traes y me llevas y me haces dar vueltas como un argadillo; eres tú, que me vuelves loco; eres tú, que me haces quebrantar mis más firmes propósitos; eres tú, que haces que yo no sea yo…
Y le echó el brazo al cuello, la atrajo a sà y la apretó contra su seno. Y ella tranquilamente se quitó el sombrero.
—SÃ, Augusto, es la fatalidad la que nos ha traÃdo a esto. Ni… ni tú ni yo podemos ser infieles, desleales a nosotros mismos; ni tú puedes aparecer queriéndome comprar como yo en un momento de ofuscación te dije, ni yo puedo aparecer haciendo de ti un sustituto, un vice, un plato de segunda mesa, como a mi tÃa le dijiste, y queriendo no más que premiar tu generosidad…
—Pero ¿y qué nos importa, Eugenia mÃa, el aparecer de un modo o de otro?, ¿a qué ojos?
—¡A los mismos nuestros!
—Y qué, Eugenia mÃa…
Volvió a apretarla a sà y empezó a llenarle de besos la frente y los ojos. Se oÃa la respiración de ambos.