Niebla
Niebla Le tendió Eugenia su fina mano, blanca y frÃa como la nieve, de ahusados dedos hechos a dominar teclados, y la estrechó en la suya, que en aquel momento temblaba.
—Seremos, pues, amigos don Augusto, buenos amigos, aunque esta amistad a mÃ…
—¿Qué?
—Acaso ante el público…
—¿Qué? ¡Hable!, ¡hable!
—Pero, en fin, después de dolorosas experiencias recientes he renunciado ya a ciertas cosas…
—ExplÃquese usted más claro, señorita. No vale decir las cosas a medias.
—Pues bien, don Augusto, las cosas claras, muy claras. ¿Cree usted que es fácil que después de lo pasado y sabiendo, como ya se sabe entre nuestros conocimientos, que usted ha deshipotecado mi patrimonio regalándomelo asÃ, es fácil que haya quien se dirija a mà con ciertas pretensiones?
«¡Esta mujer es diabólica!», pensó Augusto, y bajó la cabeza mirando al suelo sin saber qué contestar. Cuando, al instante, la levantó vio que Eugenia se enjugaba una furtiva lágrima.
—¡Eugenia! —exclamó, y le temblaba la voz.
—¡Augusto! —susurró rendidamente ella.
—Pero, ¿y qué quieres que hagamos?